lunes, 23 de noviembre de 2009

EXTASIS


                                                                 ÉXTASIS


Dos adolescentes mosquitos hembras, recién salidas de la última fase de entrenamiento para la vida adulta, se preparaban para el gran acontecimiento: la primera picadura.
Su maestra, una anciana hembra de la especie que había probado la sangre de todo ser viviente que existe en la tierra, sólo les hizo dos recomendaciones:
—Alejaos de los humos y de los aerosoles, y cuando vayáis a picar hacedlo lenta y sigilosamente.
Las dos estaban muy excitadas e impacientes por perder su «virginidad», y qué mejor lugar que una residencia universitaria para darse su primer banquete: sangre joven y fresca.
Pero la impericia y la rebeldía van casi siempre del brazo, y las dos primerizas terminaron obviando casi por completo lo que su maestra les había aconsejado. Fueron sigilosas a la hora de acercarse a sus victimas, pero no cautelosas a la hora de evitar los lugares llenos de humos. Y, quizás por eso, la aventura fue mucho más satisfactoria de lo que ellas hubiesen llegado nunca a imaginar. Al placer dulce de un buen trago de hematíes, se les añadió, sin ellas sospecharlo, aquél embriagante de la esencia de un buen porro de marihuana.
Fue una noche de mareos y de carcajadas; de discursos incoherentes e de ideas estrafalarias, de emociones intensas y de extrañas alucinaciones. Una experiencia memorable e irrepetible.
E irrepetible lo fue porque cuando, a la mañana siguiente, de camino a casa, se les ocurrió seguir picoteando, se dieron cuenta que la experiencia ya no era igual de placentera. Es cierto que seguía siendo una sensación agradable lo de aguijonear y chupar, pero ya no resultaba tan intensa como la primera vez; ya no producía en ellas esa delirante euforia que habían experimentado la noche anterior. Algo no funcionaba.
Así que, al día siguiente, por la noche, decidieron volver al mismo lugar y, maravilla de maravilla, el éxtasis volvió. Aquella sí que era una sangre alucinante.
Las dos se quedaron enganchadas a las venas de los porretas, gozando de la extraordinaria sensación hasta bien entrada la madrugada. Y lo repitieron, noche tras noche, durante todo el verano.
Sin embargo, al año siguiente, cuando volvieron al lugar de los asombrosos placeres, ya no pudieron volver a vivir la experiencia del año anterior. Ahí donde antes estaba la residencia universitaria, ahora había un asilo para ancianos. Chuparon y chuparon, pero la sensación ya no era la misma. En lugar de sentirse bien, las patas les temblaban de una manera rara y sólo advertían en todo el cuerpo una sensación de ahogo y malestar. 
Probaron en muchos otros lugares, pero lo que antes les había resultado asombrosamente vivificante, ahora parecía algo desagradable y repugnante. Más picaban y succionaban, más hambrientas se sentían. Fue un verano de agonía y desilusiones. Pero, justo cuando los días empezaban a acortarse y ya no resultaba seductor salir de caza nocturna, en una última e ingrata excursión, abordaron a una joven con una extraña cabellera: unos largos y apelmazados tirabuzones parecidos a unos gruesos látigos que salían de su cráneo como aterradoras serpientes. Al acercarse a esa extraña criatura, volvieron a sentir ese embriagante y raro olor, y como guiadas por una mágica y poderosa fuerza, se lanzaron sobre la joven y le clavaron sus aguijones sin piedad… Y el éxtasis volvió.

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